En una ciudad llena de gente pero tan vacía y desprovista de perceptibilidad, recurrí a lo franqueable de las miradas y convertí a una persona, en una ciudad. Nos curábamos de pérdida en pérdida, y se nos daba fácil pensar que nos producíamos el uno al otro el síndrome de Stendhal, sin encaminarnos a los tontos ideales. Llegamos al punto de estar con la necesidad inevitable de necesitarnos demasiado... entendiendo que "demasiado" es un adverbio de connotación negativa. Porque hasta coincidíamos en la distópico de nuestros sueños. Y es que éramos la serendipia deseada al andar y la envidia de los frívolos.
Y aquí todavía se está con zemblanias.